jueves, 4 de febrero de 2010

YO, EL MAS GRANDE HÉROE

Era un sueño, me di al instante cuenta de ello. Y en mis sueños yo siempre era el mejor. Decidí, entonces, desechando temores que no debían existir al ser yo el dueño de mis sueños, que mi espada fuese invencible en esa batalla. Y, sin más, me dirigí hacia el lugar en que se dirimía el enfrentamiento.
Cuando llegué, los cuerpos inmóviles eran legión y formaban grotescas y poco marciales figuras. La sangre corría ladera abajo procedente de los informes montones de muertos, pero la batalla continuaba y, tan pronto aparecí, me convertí en el centro de todo. Todos se empecinaban en vencerme, pero mi afilada espada, dirigida por mi certero brazo, cercenaba tantas cabezas, brazos, piernas y a cualquiera en movimiento que se me pusiese por delante, que hasta degollé, en mi lujuria por cercenar cuellos, a un par de carneros que asistían, impasibles y atónitos al espectáculo del que luego, más tarde, me enteré que estaban ofreciendo por televisión.
Algo intuí, sin embargo, cuando de reojo oteé algunas cámaras bien situadas enfocando hacia el desastre. En aquel momento no presté atención, puesto que el trabajo en que me sentía inmerso no me daba lugar más que a tener prontos los reflejos para evitar ser alcanzado por los filos de tantas espadas enemigas. Continué cercenando cuerpos enteros por la cintura y, tantos que, más tarde, pensé que si alguien desease contar el número de vencidos muertos, debería, primero, hacer inteligentemente una media a ojo de los cuerpos, y luego, dividir por dos, ya que los cuerpos que yacían exánimes por doquier, o estaban todos partidos por la mitad, o bien les faltaba la cabeza, separada por mi afilada espada. Esas debían ser las matemáticas de la batalla porque ése era el poder de mi intensa furia desatada. Las espuelas eran dos, pensé también, por lo que las matemáticas siempre servían para algo. Esas espuelas eran las que el rey había ofrecido a quién le ayudase a vencer a sus enemigos, ahora los míos, pues deseando conseguir las espuelas ofrecidas, de oro y brillantes, no lo pensé dos veces. De nuevo... el número dos. Era curioso el caso, decidí.
Decidido como estaba a vencer, continué descabezando a cualquiera que encontrase por delante. Y tantas cinturas corté y a tantos descabecé que al rato me quedé sólo. Ya no había batalla, ni enemigos, ni tampoco amigos. Ni siquiera existía, ya, un rey para darme las espuelas. En el fragor de la batalla me había cargado todo, lo que se dice todo y a todos. Tampoco existían cámaras. Me había cargado a todo lo susceptible de ser eliminado.
Lamenté, cuando reposé un poco y me entretuve en dirigir mi mirada en rededor, mientras limpiaba mi espada de tanta sangre en las ropas del último enemigo que se me había enfrentado, que no existiesen cámaras que pudiesen atestiguar mi heroicidad, pero ya se sabe que hay gestas que el mundo no llega nunca a conocer.
Las espuelas ya no me importaban, vencer era lo importante y yo había vencido. Yo era un completo héroe para mi mayor gloria y para gloria de mis futuros sueños, y ahora, por fin, ya podía despertarme, sabiendo que había cumplido con mi deber de aquella noche.-

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