jueves, 4 de febrero de 2010

EL GATO AERÓBICO

Quiero presentarme a ustedes antes de explicarles la historia que, estoy seguro, les encantará conocer. Soy el representante del “gato aeróbico”, nombre por el que se conoce últimamente (aunque en círculos restringidos) a mi gato. Mi nombre no tiene importancia, excepto, claro está, para los que desean desde hace años contactar conmigo para poder contratar los servicios de mi gato, servicios que ni él ni yo deseamos ya ofrecer. Las habilidades de mi gato ya las conocen muchos de ustedes, supongo, puesto que se hizo famoso repentinamente a partir de su aparición en varios programas de televisión, y en el que una mayoría de público pudo verle y apreciar sus habilidades y su pericia. “El gato fantástico”, ése era su nombre artístico y del que presumía, siempre que podía, ante cualquiera. Desde luego, lo que más llamó la atención por aquel entonces a los espectadores, fueron sus enseñanzas de cómo caer desde una gran altura sin dañarse ni romperse todos los huesos. Recuerdo ese número y era verdaderamente espectacular. El gato se subía a lo más alto del escenario encaramándose por un cortinaje y después se lanzaba al vacío. Se lanzaba varias veces, una detrás de otra, sin descanso, haciéndolo de lado, de espaldas, de cabeza, y ni una sola vez dejó de aterrizar en el suelo sobre sus cuatro patas. Lo curioso, lo que asombraba de su espectáculo, era que a pesar de lanzarse tantas veces y de tantas maneras distintas desde tan alto, solamente se le veía subir hasta arriba, por las cortinas, al principio del espectáculo, porque luego, cuando se lanzaba una y otra vez, nunca podía verse cómo subía, tan rápido era, y tan pronto como su cuerpo tocaba el suelo después de uno de sus saltos, al instante se le veía arriba de todo, dispuesto a un nuevo lanzamiento. Ni yo mismo he llegado a saber cómo lograba hacer ese truco, porque a mi no me ha engañado nunca y estoy convencido de que era un truco, aunque desde luego muy bueno, eso sí. Pero lo importante eran sus enseñanzas, lo que el gato trataba de enseñar, que no de demostrar, pues en el fondo él siempre huyó de las demostraciones vanas. Y lo que quiso siempre fue enseñar, a que los que desgraciadamente se cayeran al vacío desde una gran altura, el modo de caer para que no tuvieran necesariamente que romperse la crisma. Consiguió, especialmente, una gran audiencia entre los obreros de la construcción, ya que llegaron incluso a fundar un club de fans dedicado a él. Luego, cuando dejó de salir en televisión porque las cámaras llegaron a aburrirle, se dedicó a enseñar aerobic. Nunca he hablado claramente con él acerca de esa decisión suya, pero creo que tuvo mucho que ver un pequeño accidente que le acaeció durante un rodaje en uno de los platós.
Aún recuerdo, como si fuera ayer mismo, sus increíbles acrobacias. Lo cierto es que un día, a pesar de su habilidad, llegó a caer sobre la punta de su rabo que, inadvertidamente, y así me lo confesó a mi más tarde, lo colocó mal durante la caída al distraerse con los focos. Cayó con todo el peso de su cuerpo encima de su propio rabo, rompiéndose el último huesecillo de la punta. Y desde entonces, la punta de su rabo quedó algo torcida, pues como siempre ha sido muy orgulloso, no quiso decir nada en aquel momento, sabiendo aguantar el dolor como un verdadero profesional. Podía yo haberme dado cuenta o haberme dicho él algo, pues hubiera procurado en aquellos momentos, que debieron ser terribles, pobrecillo, aliviarle el dolor y también enderezarle el rabito. Ahora, ya es mejor dejarlo como lo tiene; para mi gato es algo parecido a una herida de guerra, y cuando levanta su rabo puede vérsele la punta claramente torcida, de lo cual presume mucho.
Espero que después de tantos programas como hizo, mucha gente aprendiese a caer desde grandes alturas. Diré, en honor suyo y para aquellos que no pudieron verlo nunca, que el ejercicio consistía, sencillamente, en revolverse en el aire y caer con el cuerpo de forma horizontal, boca abajo y con los brazos extendidos, procurando aplanar al máximo el cuerpo y encoger al mismo tiempo el estómago. Mi gato lo hacía de ese modo, aunque en su caso extendiendo las patas. Gracias a las cámaras de alta velocidad podía apreciarse cómo aplanaba el cuerpo durante la caída y cómo era frenado, en su velocidad, por el mismo aire que recogía en su ahuecado estómago y que le servía a modo de elemental paracaídas. Cuando estaba a punto de llegar al suelo, recogía sus patas y caía sobre ellas, aunque procurando en el mismo instante de tocar éstas el suelo rodar sobre si mismo, dando muchas volteretas y evitando así recibir un fuerte y un único impacto en algún lugar concreto de su cuerpo. Yo sabía que el motivo de que sus lanzamientos los repitiese varias veces, era porque prefería ejemplos prácticos a dar demasiadas explicaciones. Siempre ha sido muy lacónico, y únicamente conmigo, y no siempre, se permite expansionarse hablando. Es todo un carácter.
Ahora, en el gimnasio, es conocido con el nombre de “El gato aeróbico”. Yo suelo asistir a sus clases porque no tengo otra cosa mejor que hacer y porque a él le gusta siempre verme cerca. Los alumnos siguen sus clases con atención y, aunque ya no hace las demostraciones de antaño, lo de arrojarse al vacío desde grandes alturas, demuestra que se mantiene en gran forma bailando sobre sus patas traseras y arrojándose al suelo al compás de la música, cayendo sobres sus patas delanteras con gran habilidad, al tiempo que levanta las de detrás. Y hace, y tiene, un gran repertorio de tablas de gimnasia de esa especialidad. Parece que sea de goma por las cabriolas que realiza. También posee un gran oído para la música y para seguir el ritmo. Sin embargo, últimamente le veo cansado, aunque no hay manera de que podamos hablar de ello, y cuando intento sacar la conversación y decirle que quizá ya es hora de retirarse, de descansar y de dejar de dar saltos, me mira de una forma especial y comienza a ofrecerme todo un extenso repertorio para convencerme de lo contrario: salta y se sube encima de lo que encuentre cerca y que esté relativamente alto respecto a su tamaño, intentando demostrarme que se conserva joven y ágil. Yo sé que no lo está, que se ha hecho viejo, que saltar así le cuesta mucho y que ahora tiene que hacer un gran esfuerzo para saltar. Sin duda está ya viejo, es ley de vida.
Y esta es la historia, y además de contarla porque sé que muchos se habrán preguntado desde hace tiempo qué habrá sido de aquel gato famoso que salía en la tele, yo quisiera que alguien me aconsejara sobre lo que puedo hacer para conseguir convencer a mi gato de que deje de impartir las clases de aeróbic. El dinero no me importa, tengo un gran cariño hacia mi gato y lo que no deseo es que pueda llegar a lesionarse, quizá gravemente, pues su edad ya es avanzada. Y no sé cómo explicárselo para que me haga caso.-

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