jueves, 4 de febrero de 2010

EL AGUJERITO

El agujerito le había hecho rico. Cuando descubrió que su agujerito podía ser una buena fuente de ingresos se lanzó a explotar el negocio sin dudarlo. Al principio se comportó tímidamente; tenía reparos y por ese motivo su tarifa no era alta, pero más tarde descubrió que su agujerito hacía gozar inmensamente a todo el mundo y fue aumentando el precio.
Todos se lo decían, que su agujerito les transportaba a otros mundos y les llenaba de felicidad. La mayoría repetía las visitas una y otra vez; se presentaban en su casa y él les comunicaba su nueva tarifa. No les importaba el aumento de precio, ¡no puedo, una vez lo he probado, decían, dejar de gozar con tu agujerito! Él se encogía de hombros; mientras pagasen...
Había tenido mucha suerte. Lo explotaría unos años más y, luego, aceptaría la proposición que le había hecho un personaje al que no debía nombrar, un científico importante, aunque, por supuesto, no sin cobrar antes una cifra astronómica. Y nunca mejor dicho ya que, su agujerito conseguía que sus clientes sintieran todo el goce del Universo. Emitían exclamaciones de placer, chillaban y exclamaban que podían contemplar el Cosmos, y no el Cosmos conocido, sino un Cosmos distinto, alucinante. Por lo visto, y de nuevo nunca mejor dicho, el agujerito ofrecía la inconmensurable visión de otra dimensión. Lo que se podía ver y admirar, colocando allí el ojo, era una Galaxia bellísima pero desconocida, a pesar de que, sorprendentemente, si se miraba por el otro lado del tabique, lo único que detrás se encontraba era, ni más ni menos, que mi cuarto de estar.
Llegado el momento cobraría lo acordado, y si los científicos derribaban la pared para investigar, allá ellos.

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