jueves, 4 de febrero de 2010

UN DIA DE VACACIONES

Pablo lo pasaba bien durante las vacaciones. Siempre hacía algo inesperado y que luego, durante el resto del año, recordaba con satisfacción.

Cuando esa tarde calurosa entró en el portal del edificio, se dirigió directamente a los buzones en los cuales figuraban los nombres de los inquilinos. Sudoroso y pleno de nervios, esperó durante varios minutos leyendo los letreros, aparentando buscar en ellos un nombre que no lograba encontrar. Por fin entró en el portal una mujer que se dirigió directamente al ascensor y él se apresuró, entonces, a subir también, como si ya hubiera averiguado la dirección exacta que había estado buscando.

Cortésmente pregunto a qué planta se dirigía ella, y cuando la mujer se lo dijo, él respondió: ¡ah! yo voy aún más arriba. Y pulsó, amable, el botón de la planta que la mujer había nombrado.

La excitación de pensar en lo que iba a hacer, le hizo estremecerse de placer. Antes de que el ascensor parase en la planta, alargó de pronto un brazo y colocó la mano medio cerrada entre los muslos de ella, hundiendo ahí sus dedos todo lo que pudo. Y luego, con un gesto rápido subió la mano, rozando con fuerza el cuerpo de la mujer hasta sobrepasar sus pechos...

La mujer se había quedado quieta. Todo había sido muy rápido y, sorprendida, apenas se había dado cuenta de lo que había sucedido pero, sintiendo, eso sí, algo parecido a un fuerte hormigueo que le había recorrido el cuerpo, produciéndole una inexplicable sensación. Cuando el ascensor paró en el piso solicitado, la mujer no se movió pero Pablo salió de estampida, aunque antes, mirando un instante hacia atrás, la vio muy quieta, apoyada en una pared lateral del ascensor y con una expresión indefinida en su rostro.

Antes de descender corriendo por las escaleras, Pablo abrió la mano con la que había recorrido, de abajo a arriba, el cuerpo de la mujer, y dejó caer al suelo una afilada hoja de afeitar que hasta entonces había mantenido sujeta y oculta entre sus dedos, una hoja de afeitar ahora ensangrentada, mientras notaba, en su interior, el gran gozo que le había supuesto su hazaña. Y más tarde, recordando el gran charco de sangre que había visto formarse en un instante en el suelo del ascensor, se preguntó si a quién le tocase limpiarlo le agradaría hacerlo... mientras él se relamía los labios golosamente y se decía que, con seguridad, antes de acabar el verano, volvería a repetir esa hazaña que le había hecho subir hasta lo más alto sus niveles de adrenalina, y conseguido hacerle disfrutar tanto.-

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