jueves, 4 de febrero de 2010

LA ERA DE ACUARIO

Todo el mundo esperaba grandes cambios una vez llegada la era de Acuario, unos más que otros, pero todos se asombraron cuando Acuarius apareció, más alto y más grande que las más altas montañas.

Acuarius podía tomar distintas formas y tamaños, pero ante todos apareció tan alto que su cabeza desaparecía entre las nubes. Tomó esa precaución ante las confianzas que se suelen tomar algunas gentes con cualquiera, aunque no le conozcan de nada. El mismo Acuarius debía bajar su cabeza para poder ver lo que había debajo de las nubes. Como su altura era tanta, para mirar una Ciudad con comodidad y sin tener que agacharse excesivamente, situaba sus piernas lejos de la Ciudad, a muchos kilómetros de allí. El resultado es que cuando llegó por primera vez a La Tierra, quiso mirar a las gentes de una Ciudad agachándose para verlas, y los que le contemplaron a él vieron únicamente una inmensa cabeza que cubría todo el cielo. Creyeron que era Dios que por fin se había dado a conocer y temblaron, unos porque sabían que eran culpables de muchas cosas, y otros, aunque no sabían si eran culpables o no, también temblaron por si acaso, y porque la gran cabeza y el rostro de Acuarius ocupando el cielo entero no presagiaba nada bueno, o eso creían. Pero estaban equivocados, ya que la intenciones de Acuarius no eran malas en absoluto.

Les habló desde las alturas. Dijo a todos que venía de visita coincidiendo con la llegada de su era, y que no debían temerle sino actuaban contra él teniendo malos pensamientos, que eso sí que le hacía daño. Después de sus palabras de presentación, y como Acuarius podía tomar cualquier forma y adaptar su tamaño a cualquier medida, adoptó el tamaño de una persona normal y se dispuso a hablar con todos los que se cruzase por las calles de la Ciudad. Nadie le hizo caso, e incluso muchos le increparon cuando Acuarius les hacía preguntas por considerarlas fuera de lugar, y hacerles perder su tiempo.

Las preguntas de Acuarius eran consideradas por él mismo como amables, pero las contestaciones no lo eran en absoluto : ¿A Vd. qué le importa mi salud ni como me encuentro hoy si no me conoce ni nunca me ha visto antes, ni yo a Vd. ? La mayoría le respondían con estas o parecidas palabras, y Acuarius cayó en la cuenta de que al adoptar el mismo tamaño de la gente, la gente no le reconocía. También cayó en la cuenta de que nadie sabía que él sí conocía las desventuras y los problemas de todo el mundo, y que, al preguntarles, lo hacía con verdadero interés.

Acuarius se dijo que no había valido la pena el viaje, que esas gentes estaban demasiado absorbidas por sus problemas. Decidió marcharse y volver en alguna futura era para ver otras Ciudades, pero antes, y ya que se había presentado, se despediría. Recobrando su tamaño gigantesco, Acuarius asomó su cabeza por encina de la Ciudad, ante lo que las gentes volvieron a temblar. Les dijo: buenas gentes, no temáis. Sé que muchos tenéis grandes sufrimientos y los que ahora no sufrís, sufriréis más adelante, pues ésa es la condición humana. Yo, que todo lo puedo, voy a hacer algo por vosotros: he decidido evitaros tantos sinsabores.

Y adelantando una de sus piernas, Acuarius dejó caer con fuerza su pie gigantesco sobre la Ciudad. Es mejor que no sufran más, pensó.-

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