jueves, 4 de febrero de 2010

COSAS QUE PASAN...

La noche era muy oscura, y la intensa lluvia que estaba cayendo en esos momentos, hacía que apenas se pudiera ver a través del parabrisas, a pesar de estar funcionando el limpia en la velocidad más rápida. Conducía despacio. Estaba buscando un hueco entre los coches aparcados en la calle, cuando de pronto le vi asomando su cara por la esquina. Estaba seguro de que era uno de los monos de la banda de Segis, y también de que su intención era que yo le viese. Cuando se cercioró de que efectivamente había sido así, desapareció. Yo no tenía ningunas ganas de mojarme, así que no salí del coche. Lo que hice fue seguir conduciendo, y giré por el callejón para colocarme donde esperaba que el mono apareciese de nuevo.
Como suponía, el mono apareció otra vez, aunque creo que sus movimientos y los míos los había estudiado muy bien y sabía perfectamente, el muy astuto, lo que yo haría al verle la primera vez. Salí entonces del coche rápidamente y le intercepté el paso. ¿Eres un mono de Segis? le pregunté. Y seguí preguntando sin darle tiempo a responder a mi primera pregunta: ¿Qué quieres? ¿qué quiere Segis de mi? ¿dónde está tu jefe, el mono cojo? ¿dónde has dejado a la tribu? Ante aquel aluvión de preguntas, y cayéndonos encima a los dos el agua de la lluvia a chorros, el mono se quedó cortado sin saber responder. Ya lo tenía, pensé. ¡Ya te tengo! dije, eres un mono pervertido y voy a darte tu merecido para que luego puedas explicar a Segis lo que yo hago con los monos que me envía... Balbuceando asustado, me dijo: No soy un mono, es cierto que me envía Segis, pero no soy un mono, soy... una mona.
Aquella revelación cambió totalmente la situación, -más o menos unos 90 grados- pero supe reaccionar: me levanté rápidamente recuperando la verticalidad y rodeé a la mona con mi brazo derecho. Mientras, con la mano izquierda abrí la puerta del coche y ayudé con ternura a la mona a subir al interior de mi vehículo. Toma, dije, sécate. Y con mimo, le di una esponjosa toalla que llevaba para situaciones como ésta. Luego, ofrecí, ceremonioso, para que se lo pusiera, el quimono perfectamente planchado que también llevo siempre preparado debajo de mi asiento para después de estas mismas situaciones.
Conduje de nuevo hacia mi casa, ya tranquilizado. Encontré un bonito hueco y, aunque era algo pequeño, el nuevo giro que había dado la noche consiguió subir mis ánimos, así que pude sin mucha dificultad agrandarlo lo suficiente, mientras la monita me ayudaba jaleándome. Aparqué y subimos a mi apartamento. Allí, cuidé a la mona con esmero. Fue una noche perfecta. La obsequié con una exquisita cena, acompañada de un delicioso vino que guardaba exclusivamente para aquellas excepcionales ocasiones, y que la mona me agradeció con graciosos grititos. Pasamos una velada inolvidable. Todo eso debo agradecérselo a Segis. A veces desconfío, pero no hay duda, Segis es un buen amigo, como no hay otro.-

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