martes, 2 de febrero de 2010

CANUTO

“Solo si su amo se acordaba, muy de cuando en cuando, le echaba algún pequeño trozo de pan”

Le llamaban Canuto y cojeaba de una pata delantera. Canuto acompañaba todos los días, sin faltar uno, a su amo. Siempre había correteado alrededor del carro y de la mula sintiéndose alegre y feliz mientras se dirigían a los campos, y a veces, muchas veces, se paraba unos instantes en el camino olisqueando aquí y allí, y luego corría para recuperar la distancia perdida hasta alcanzar de nuevo al carro. Todo eso fue así hasta que una rueda del carro le aplastó una pata. De eso hacía ya varios años y ni su amo ni nadie se ocupó de curarle; eso era un problema exclusivo de Canuto, decía su amo.
Canuto estuvo dolorido durante mucho tiempo, y su único alivio fue lamerse la pata herida y quebrada hasta que la herida cicatrizó por sí sola y dejó de dolerle. Sus propios lamidos solo pudieron traerle el consuelo de la distracción mientras le dolía, ya que, el hueso roto, quedó roto para siempre.
Siguió acompañando a su amo a los campos y ni siquiera dejó de hacerlo en los momentos de más dolor. Desde entonces sólo pudo caminar cojeando. A partir de su accidente tuvo buen cuidado en ir siempre detrás del carro a pesar de tener que tragar el polvo de los caminos, y nunca se atrevió ya a pasar por debajo del maldito que le había herido ni a ladrar más a la mula. Canuto se volvió un perro taciturno y triste. Ya no correteaba como antes, ni se paraba en el camino dejando que se adelantara la mula, para correr luego con alegría y recuperar el terreno perdido como siempre había hecho.
Canuto, a pesar de su cojera y de su tristeza, también tenía algún día mejor que otro. Cuando el aire de los campos le traía un exultante olor a primavera, si el día era luminoso y alegre y oía el piar de los pájaros en los árboles de los caminos, Canuto notaba algo distinto en su interior y se sentía bullicioso y contento sin saber exactamente el por qué, y si veía que la mula ganduleaba y andaba lenta, excepcionalmente se sentía valiente y tomaba la decisión de adelantarse un poco al carro para luego pararse unos metros más allá. Todo eso lo hacía no sin observar y calcular, que se le notaba en los ojillos cómo calculaba el tiempo de que disponía hasta que la mula y el carro llegasen a su altura. Entonces, rápidamente, aprovechando la distancia conseguida y el tiempo que había calculado, olisqueaba como antaño alguna hierba del camino y hasta se atrevía, haciendo equilibrios, a levantar una pata trasera dejando un mensaje con su huella, que sólo los perros saben los mensajes que encuentran en los caminos, y por eso debe ser que procuran siempre dejar una respuesta a esos mensajes.
Canuto no era de una raza distinguida o especial ni era un perro cazador, pero se las apañaba muy bien en lo de cazar, aunque eso sí, exclusivamente por su cuenta, para calmar su hambre. Era un perrillo del montón, de tamaño mediano, siempre cariñoso, fiel y muy dócil. Tenía el
hocico largo y el pelo corto, de un color indefinido entre blanco y gris; o quizá el color de su pelaje fuese blanco, pero que siempre lo llevase sucio. También tenía en el lomo y en los costados alguna pequeña mancha marrón. Lo más sobresaliente a la vista eran sus marcadas costillas, su extremada delgadez y su rabo largo y fino. Sus ojos, si alguien se paraba a observarle, eran profundos y dulces, de un color como de miel ligeramente oscurecida por los años, y su mirada... su mirada podía contarte muchas cosas, y si tenías tiempo y querías, te las contaba con la serenidad digna de un alto y sabio personaje, con la inteligencia del que comprende y te puede explicar muy bien las alegrías y también los sufrimientos que da la vida, siempre que tú estuvieras dispuesto a escuchar.
Cuando le aguzaba el hambre, que siempre tenía hambre, comía hierbas y hasta pequeñas piedras para calmar sus dolores de estómago, pues su amo, en pocas ocasiones, solamente si se acordaba, le echaba como al descuido algún pequeño trozo de pan.
A media mañana su amo hacía un alto en las labores del campo, y sentándose en alguna escasa sombra, sacaba de su morral una navaja, pan, queso, algún tomate, quizá un trozo de tocino y una bota de vino. Canuto, agradeciendo el descanso, también se sentaba, no muy cerca, no muy lejos, respetuoso, mirando sin que fuera demasiado evidente que miraba, y esperaba. Canuto olfateaba, hinchándosele a intervalos las finas venillas de su hocico, disfrutando junto a su amo de los ricos aromas de los manjares que éste degustaba. Pero la mayoría de los días su amo terminaba el yantar y luego guardaba los restos en el morral sin darle nada. Canuto bajaba triste la cabeza, sin protestar, y un pequeño gemido salía de su garganta, pero ese gemido era tan pequeño que nadie sino él podía oírlo. Algún día, alguna vez, solo muy de cuando en cuando, su amo le echaba, si se acordaba, un trozo pequeño de pan, o quizá es que fuera tan pequeño que no valiera la pena guardarlo de nuevo en el morral. Canuto en aquellos momentos se sentía feliz y pensaba que daría la vida por su amo.
Antes de que la rueda del carro le tronchara el hueso de su pata, Canuto había hecho siempre escapadas por las noches. Su amo, al volver del campo, encerraba a la mula en la cuadra, guardaba el carro y dejaba a Canuto en el corral para que vigilase, olvidándose de él hasta el día siguiente. Eran muchas las horas que Canuto pasaba en el corral y cuando al anochecer llegaban a su olfato aromas de comida, sabía que sus amos estaban cenando. Conocía por el olor si lo que estaban comiendo eran chorizos en aceite, que hacía mucho tiempo, de cachorrillo, el amo le había dado a probar algún cachito, como una gracia, o percibía si lo que cenaban era ese queso exquisito y tierno hecho por los pastores en las aldeas con leche de oveja, nunca de cabra, y mezclado con leche de vaca, típico de La Mancha. Canuto, entonces, no podía resistirse al imperioso deseo de su hambre, pues necesitaba comer para llenar su dolorido estómago y calmar los retortijones que le atormentaban. En esas escapadas iba a la desesperada y cazaba lo que podía; cazaba algún conejillo o lo que hubiera y pudiera, quién sabe qué, que todo valía para poder comer si lo que cazaba corría o volaba.
Cuando sus patas eran jóvenes y estaban fuertes y enteras, Canuto tomaba carrerilla y saltaba la tapia del corral. Entonces se dirigía hacia el monte donde sabía que podía encontrar alimento y con astucia lo conseguía. Luego, a la vuelta, hacía lo mismo, tomaba carrerilla y dando un gran salto regresaba al corral, buscaba un hueco lo menos frío posible en el suelo, entre los aperos, y esperaba dormitando, quizá soñando, la hora madrugadora en la que su amo aparecería para salir con el carro y acompañarle a los campos como siempre, como había hecho todos los días de su vida.
Ahora ya no podía hacer esas escapadas para conseguir su sustento. Desde el accidente le era imposible, no ya poder cazar, sino tan solo salir del corral. Su pata rota y tronchada, su debilidad cada día más acusada por la falta de alimento, hacían infructuosos sus saltos y era incapaz de sobrepasar la alta tapia. Lo intentó muchas noches y muchas veces hasta que comprendió la inutilidad de sus esfuerzos. A partir de entonces se conformaba dormitando, quizá soñando que cazaba, quizá soñando que comía, y agradeciendo, eso sí, la suerte de poder vivir en una casa tan acogedora y con un amo al que amaba tanto y por encima de todo.
A veces, alguna vez, acompañaba a su amo a dar una vuelta por el pueblo, y Canuto era feliz porque su amo le hacía esa deferencia, y si entraban en una taberna, y su amo, entre amigos, se tomaba alguna caña y unas tapas, Canuto se mantenía atento para que nada malo le ocurriese a su amo entre tanta gente y se acurrucaba bajo sus piernas, precavido y vigilante. Mientras su amo bebía cerveza fresca, acompañada de torreznos o de algunas buenas y sabrosas gambas saladas, alguien solía decir: ¡Dale algo de comer a tu perro, hombre, hay que ver lo delgado y débil que lo tienes; mucho te quiero perrito, pero pan... poquito! Pero su amo, muy contento y orgulloso de si mismo y de su perro, siempre contestaba lo mismo: Yo le calzo, le visto y le doy cobijo, lo demás corre por su cuenta. Canuto, acurrucado, con las venillas de su hocico hinchadas, olfateando los ricos olores de la taberna, movía su rabillo porque sabía que hablaban de él, pero su hambre, su gran necesidad de alimento nadie se la calmaba, y aguantando su dolor, gemía para sus adentros sin que nadie pudiese oírle.
En verano, por vacaciones, cuando yo llegaba al pueblo, lo primero que hacía era preguntar por Canuto. Durante los días que yo pasaba en el pueblo Canuto me enseñaba sus caminos secretos, me llevaba por sendas desconocidas para mi pero que él conocía bien. Yo le daba de comer a escondidas y me reñían: ¡Vas a malcriarle! No, decía yo, si no le he dado nada... Y me agachaba, solo un poco, poniéndome a su altura desde la pequeñez de mis cuatro años y Canuto me lamía la cara. ¡Que no te chupe la cara! No, si no me está chupando... Siempre estábamos juntos; éramos inseparables de la mañana a la noche.
Era llegado el tiempo de la vendimia y recuerdo a Canuto corriendo detrás del carro grande, Galera lo llamaban, de regreso a casa. Canuto cojeaba y corría con la lengua afuera, jadeando. Yo viajaba en el carro, sentado cómodamente sobre mil racimos de uva negra, con un sol enorme encima de nosotros, un sol que lo dominaba todo con su luz y su calor, y una criada muy joven, al lado, me cuidaba. Me habían regalado una navajilla muy pequeña, y esa navaja era igual pero en miniatura, aunque para mi era muy grande, a las que utilizaban las criadas y los mozos para cortar los racimos de uva cuando todavía están en la cepa, y esa navajilla absorbió toda mi atención durante horas, durante muchas horas, tantas como las que se tardaba en recorrer en carro, al paso de las mulas, un mediodía interminable. Se cayó de mis manos la navajilla, y como por encanto, desapareció entre tanto racimo. Lloré al desaparecer mi navaja que, era de Albacete, me dijeron, y que había sido hecha expresamente para mi. Pero la navaja no quería estar conmigo y se me fue de entre las manos. Seguramente por culpa de aquella pequeña navaja ya no hice caso a Canuto, que hasta entonces yo le había visto de reojo correr a nuestro lado cojeando y jadeando, con la lengua muy afuera de su boca.
Aquella mañana nos habíamos levantado muy temprano, que era oscuro, de noche todavía, y a mi me costaba abrir los ojos al marchar hacia las vides. Canuto ya corría detrás del carro que solo nos llevaba a los criados y a mi. Quise hacer subir a Canuto pues le veía cansado y me daba pena verle cojear tan trabajosamente. ¡No!, me dijeron, que lo vas a malcriar.
De aquella mañana, de lo que ocurrió durante la mañana, mi memoria me trae el aroma de los campos y las borrosas caras de muchas gentes que no conocía, gentes que se afanaban cortando racimos de uvas y llenaban grandes cestos con esas uvas que, hasta entonces, dormían en sus cepas. Mi memoria también evoca un sol tan luminoso que no recuerdo que hubiera siquiera una sombra para guarecerse de su intenso brillo. Las gentes saciaban su sed bebiendo del agua que habían transportado en grandes cántaros. Me esfuerzo para recordar a Canuto durante aquella mañana, pero posiblemente fueran muchas las novedades para estar pendiente de Canuto y para preocuparme de si él podía o no saciar su sed. Creo recordarle al volver a casa al mediodía, junto al carro, pero vagamente, pues fue entonces cuando yo perdí la navajilla y eso acaparó, sin duda, toda mi atención.
La última vez que vi a Canuto, era de noche. Se había terminado el verano y también las vacaciones. Mis tíos nos llevaban a mis padres y a mi en la Galera, a Socuéllamos, a la estación de Socuéllamos para volver desde ahí a casa, o quizás fuese para coger un autobús de línea que nos llevaría a Madrid, y allí poder coger el tren hasta Barcelona. Esa noche fue la última vez que le vi, por la carretera, durante muchas horas hasta que llegamos a la estación. Canuto corría, como siempre, cojeando detrás del carro, acompañándonos.
Y llegó el invierno. Y un zagal saltó una noche la tapia del corral, sabe Dios con qué intenciones. Canuto salió a su encuentro entumecido y temblando de frío pero atento y vigilante a los intereses de su amo, y el zagal, al encontrarse ante los gruñidos del perro, intentó pegarle. Canuto le lanzó un bocado, un bocado pequeño, temeroso, sin apenas intención, más bien fue para evitar la mano que le quería pegar, pero sus colmillos rozaron y quedaron ligeramente marcados en la muñeca del chiquillo. Fueron simplemente unos arañazos pues Canuto no podía atreverse a más, siempre respetuoso y temeroso ante cualquier persona, fuera hombre o zagal, ya que para Canuto, toda persona era como un Dios.
Aquel día siguiente Canuto debió, sin duda, encontrarse con su verdadero Dios, ya que ante la denuncia del zagal su amo ató al cuello de Canuto una soga y le colgó de una viga hasta que el pobre Canuto, pataleando, saliéndosele los profundos y bellos ojos de sus cuencas, ahorcado, expiró su último aliento sin llegar a saber por qué su amo le estaba haciendo aquello. En esos momentos pensó en que su amo se daría cuenta de que la cuerda que le había atado al cuello le estaba haciendo mucho daño, y pensó que su querido amo le bajaría de allí, de esa cuerda que le ahogaba.
Así murió Canuto, pataleando al ahogarse y confiando en su amo hasta el ultimo instante de su vida. Pobrecillo Canuto, mi querido, desvalido y pequeño perro Canuto.
Y llegó un nuevo verano. Yo recordaba la vendimia pasada y también el viaje de regreso del año anterior, de noche, hacia la estación de tren o de autobuses y a Canuto, siempre a nuestro lado. Como cada año, cuando yo llegaba al pueblo con mis padres después de un invierno interminable, deseaba ver a mi amigo, verle saltar a mi lado, ver cómo hacía sus cabriolas al reconocerme; mi ansia era grande por volver a ver a mi adorado Canuto, a mi perrillo Canuto al que había añorado durante todos los meses de ese largo invierno en la Ciudad. Canuto formaba parte de mi, formaba parte de todo y lo llenaba todo. Lo que más deseaba era estar de nuevo con él para poder abrazarle y mimarle, pero ese verano, cuando llegamos al pueblo, Canuto no salió a recibirme.
Al principio no querían decirme nada, nadie se atrevía a decírmelo, pero finalmente, ante mi insistencia y mis lloros al no ver a mi amigo, mi tío me dijo que no había tenido más remedio que ahorcarlo ya que había mordido a alguien, y para evitar la rabia al mordido era imprescindible la muerte del perro. Me dijo: ha sido necesario, pues muerto el perro se acabó la rabia. Me lo dijo con voz grave, como si estuviese pronunciando una gran sentencia, una sentencia que desgraciadamente para Canuto ya se había cumplido tiempo atrás, pero no menos reverente por ello. Sin embargo, su gravedad al hablarme no era por haber tenido que sacrificar a Canuto ni por haberlo irremediablemente perdido, ni siquiera era por su recuerdo, que ya lo tenía olvidado hasta que yo pregunté por él. Esa gravedad en su voz, esa importancia en el tono era por desvelarme la gran sabiduría de los pueblos, la sabiduría y la ley de las gentes de los pueblos en aquellos tiempos. Y me lo dijo convencido y satisfecho de conocer esos secretos formando él mismo parte de esa gran sabiduría. Parece que si mataban al perro que hubiera mordido a alguien, tuviera o no la rabia, el mordido ya no enfermaba: Muerto el perro se acabó la rabia. De ese modo eliminaban, según creían, la posibilidad de que el mordido enfermase. Pobres e ignorantes seres humanos... Y pobres, inocentes y desvalidos animales en manos de esos hombres.
Pobre Canuto, que tanto llegó a amar y que tan poco amor recibió. Pobre perrillo Canuto, que nunca recibió ningún cariño ni cuidados de nadie. Puso su vida entera al servicio del hombre pero nunca apreciaron ni recompensaron sus servicios, y lo único que consiguió durante su existencia fueron sufrimientos. Solo consiguió frío, cansancio y mucha hambre, una enorme hambre que le persiguió durante toda su vida, y malos tratos hasta morir ahorcado.
Querido Canuto. Queridos perros, los mejores amigos del hombre, los amigos más fieles que puede encontrar jamás nuestro ser y nuestra alma. Amigo con alma de perro, que los perros tienen también alma y el alma de los perros soplo divino se llama.
Inmediatamente después de exhalar el último aliento, Canuto se encontró en una situación insólita que su mente no llegaba a comprender. Lo veía todo desde las alturas de la cuadra. Podía verse a sí mismo colgando de una cuerda atada a una viga del techo. Veía a su amo de pie, delante de su cuerpo, y un poco más allá, a la mula. Se dio cuenta, de pronto, de que nada de lo que allí había pertenecía ya a su mundo. No pudo seguir observando porque una gran oscuridad le envolvió y casi al mismo tiempo, vio, a lo lejos, una gran fuente de luz. Le pareció que estaba en un largo túnel oscuro. La gran luz estaba al final de ese túnel y parecía llamarle, le atraía irresistiblemente y decidió ir a su encuentro. La luz se le iba acercando, o quizá era él, que caminaba hacia la luz. Cuando estaba saliendo del túnel un gran resplandor comenzó a iluminarlo todo y Canuto sintió entonces una gran paz, una increíble y deliciosa paz como nunca antes había experimentado. Sintió dentro de su ser los olores de la mejor primavera de su vida y avanzó con la cabeza erguida, pletórico y lleno de vitalidad, aspirando sin cesar esos dulces aromas. Advirtió que alguien le estaba aguardando, lo reconoció en seguida y, en ese momento, supo que siempre le había esperado. Era su nuevo Amo, su Verdadero Amo que irradiaba amor, un amor resplandeciente y pleno que inundó a Canuto de felicidad.
Su Amo le hacía señas de que se acercara, y Canuto, ya sin su cojera, alegre y vivaz en su andar, haciendo cabriolas e inmensamente feliz, siguió avanzando hacia su verdadero y amado Amo que le llamaba, que le reclamaba. Y el soplo divino de Canuto se adentró en la luz por los caminos de la verdadera vida, hacia su infinito de gloria.-

“EN MEMORIA DE TODOS LOS CANUTOS DEL MUNDO”

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