jueves, 4 de febrero de 2010

LA ESFERA RADIANTE

La esfera apareció de pronto. Surgió de improviso a las afueras de la gran urbe, cuando la negrura y las brumas de la noche se disipaban y daban paso a la claridad del amanecer.
La esfera era grandiosa, de un tamaño tan grande como la misma ciudad. Semejaba ser de un raro metal pulido y brillante y no se apreciaban en ella puertas, ventanas, ni fisura alguna en su perfección geométrica. Se mantenía ingrávida y silenciosa, suspendida en el aire por una desconocida y sin duda misteriosa fuerza y a varios metros de altura sobre el suelo.
Fue la admiración de todos los habitantes que la contemplaron por primera vez y que veían, atónitos y maravillados, cómo giraba sobre sí misma, lenta e incesantemente y sin que nadie supiera explicarse cómo había llegado hasta allí, ni cual era el significado de su aparición. Ninguna persona se asustó, al contrario, la esfera era atrayente y contemplarla producía una especial sensación de paz.
Los periódicos se hicieron muy pronto eco del fenómeno con grandes titulares. La policía, y más tarde el ejército, acordonaron la zona y no permitieron que la gente se acercase, prudentes y temerosos ante un ignorado pero posible peligro que pudiese sobrevenir procedente de la esfera, creando alrededor del fenómeno un círculo de seguridad de varios kilómetros.
Por las noches, la esfera irradiaba un tan fuerte resplandor, y de colores tan bellos y atrayentes, que todas las gentes del lugar, sin excepción, acudían a mirar desde lejos y permanecían delante de ella horas y horas, completamente absortos, sin pensar en nada y solamente sintiendo que necesitaban estar allí, contemplando la esfera, deleitándose con su influjo y dejándose llevar por las ensoñaciones que esa aparición extraña, pero maravillosa, les procuraba.
Día a día, los habitantes de la metrópolis fueron desapareciendo. Cuando al fin la ciudad se quedó completamente vacía y ya nadie vivía en ella para poder admirar a la esfera, ésta se elevó, y atravesando rauda y vertiginosamente los aires, se posó en las afueras de otra ciudad. Y al igual que había ocurrido la vez anterior, comenzó de nuevo el desfile de ciudadanos que la admiraron, embelesados por sus magníficos y extraños colores.
El periplo de la esfera continuó durante meses, trasladándose de ciudad en ciudad y maravillando a los habitantes de todos los lugares en los que se detenía. Y lo hizo durante tanto tiempo como el que necesitó para cumplir sus propósitos.
Un día, la Tierra quedó extrañamente silenciosa y sin nadie, en ella, para poder contemplar cómo la esfera, ahora de un tamaño gigantesco, cientos de veces superior a cuando apareció por primera vez, se elevaba silenciosa y majestuosamente y desaparecía en el espacio infinito.-

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