martes, 2 de febrero de 2010

ROSARIO

Rosario era bellísima. Una rubia que quitaba el hipo si la mirabas. Se quitó
la falda y la volteó por encima de su cabeza hasta que la falda adquirió gran
velocidad al remolinear por el aire. Entonces lanzó la falda hacia abajo, hacia la tropa formada en el patio. Se trataba de una compañía de 110 hombres dispuestos a todo.


Debido a la destreza de la lanzadora, y a que la falda llevaba cosido en el
forro varias piezas de aluminio, lo que había sido una acertada previsión de Rosario, la falda cercenó rápida y limpiamente las cabezas de todos lo soldados, no quedando ni uno vivo. Una ligera sonrisa afloró en los labios de Rosario, quién viendo a los soldados caídos, musitó
por lo bajo: ¿no queríais follarme todos, uno por uno, desgraciados? ¡Y a la
fuerza! ¡Pues a la fuerza os he follado yo! ¡Si antes teníais poca cabeza,
ahora no tendréis ninguna!

De pronto, apareció en el patio un escuadrón de siete soldados con su
sargento al frente. Rosario no se amilanó y se desprendió de sus bragas,
comenzando a voltearlas al igual que había hecho antes con su falda. Estaba magnífica desnuda. En el centro de sus bellos muslos se marcaba un triángulo de oro que destellaba con fuerza frente al sol, desprendiendo resplandores dorados.

-¡No, por Dios! -dijo aterrorizado el sargento. -¡Eso no! ¡Aquí no está autorizado hacer striptis!


Rosario asintió, se puso sus bragas, caminó como una diosa entre los
soldados muertos hasta llegar a su falda caída en el suelo, la recogió y
solo entonces, lentamente, desafiando a todos con sus pechos bien erguidos, abandonó el patio de armas.

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