jueves, 4 de febrero de 2010

EL PACIENTE

- Llegaron de más allá de la estrellas, de otros mundos muy lejanos. Ahora duermen; llevan durmiendo ocultos en las entrañas de este planeta desde hace varios siglos y están a punto de despertar. Cuando lo hagan, todos los mortales temblarán de pavor. Ellos, los seres que ahora duermen, no son mortales, nadie sabe de qué están hechos ni quién les ha creado, pero son seres gigantescos que descansan de su largo viaje a la Tierra a través del espacio, viaje en el que tardaron mil siglos hasta llegar aquí. ¿Y que cómo lo sé yo? pues lo sé porque soy su guardián y fui fabricado por ellos a semejanza de los humanos para poder velar su sueño. Ahora debo despertarlos, pues ha llegado por fin ese momento para el que me programaron.
El cirujano miró al supuesto paciente con gesto de resignación. En ocasiones recibía a personas que, más que necesitar de sus servicios, necesitaban un loquero. Se armó de paciencia y le dijo:
- Bien, bien, de acuerdo. ¿Y por qué me cuenta todo eso a mi?
- Pues mire, es que después de tanto tiempo de estar viviendo con ustedes, aquí, en este planeta, en la Tierra, ya me he acostumbrado a esta vida y es una vida que me gusta, y si alguien no me ayuda me veré obligado a hacer lo que no quisiera tener que hacer. Mi reloj interno me obligará a despertar a los gigantes y toda la humanidad sufrirá las consecuencias. Yo no soy humano aunque pueda parecerlo, pero tampoco soy como ellos, ya puede usted ver que puedo pasar perfectamente por una persona normal, es decir, como una persona cualquiera.
-Claro, ya lo veo, es usted igualito, igualito, a uno de nosotros.
El doctor le había contestado sarcásticamente, soltando sin poderlo remediar una pequeña risita, aunque trató de disimularla inclinando su cabeza al tiempo que intentaba conformar en su boca un gesto que, además de disimular su risa, pareciese de preocupación por lo que acababa de escuchar.
- Vamos a ver -continuó diciendo el doctor, recobrando su entereza y su seriedad- ¿Y qué es lo que puedo hacer por usted? ¿Qué espera de mi? Yo le aconsejaría un buen siquiatra, creo que lo que necesita son los consejos de un experto que pueda procurarle los medios para una buena relajación. Tenga la seguridad de que con un tratamiento adecuado podrá alejar todos esos pensamientos que le atormentan. Y el doctor comenzó a buscar en su agenda la dirección de un siquiatra amigo, para facilitársela al paciente.
- No, doctor, no ha entendido nada de lo que le he explicado. Yo no necesito la ayuda de un siquiatra. He venido a verle porque usted es cirujano. Extraerme el reloj no será complicado, simplemente hace falta habilidad, tener buenas manos como las suyas; con una adecuada incisión bastará. Mire, lo llevo aquí, en el sitio más cómodo y, por tanto, el más lógico para llevar un reloj. Y enseñó al doctor su muñeca izquierda. El doctor observó aquel brazo extendido y exclamó:
- ¡Pero hombre de Dios, si ni siquiera lleva usted reloj!
- Claro que lo llevo, ya le he dicho que es un reloj interno, insertado por los gigantes. Acerque su oído a mi muñeca y escuchará su tic-tac.
- Eso es el pulso, amigo mío, si no tuviese pulso, estaría muerto. Y, de nuevo, el doctor no pudo reprimir una sonrisa que esta vez no se preocupó en ocultar, pero el paciente insistió: no doctor, yo no tengo pulso. Y acercó su muñeca al rostro del doctor, de forma que éste pudiera oír el sonido de lo que, insistía, era un reloj interno. Y el doctor, por complacer, por seguirle la corriente, acercó su oído a la muñeca extendida. Y lo que oyó, fue: tic.tac, tic.tac, tic.tac, un perfecto sonido de reloj, un perfecto, nítido y metálico sonido de reloj. El doctor echó entonces bruscamente su cabeza hacia atrás y miró directamente a los ojos del hombre.
- ¿Lo ha oído, ¿verdad? le dijo el supuesto paciente. Auscúlteme ahora el corazón y se dará cuenta de que no late, de que no tengo un corazón como los humanos.
El doctor, mecánicamente y por seguirle la corriente, le auscultó.
- Mire, ha logrado influenciarme, dijo el doctor al paciente, con un tono de voz contenido, pero algo furioso.
- Pero lo ha oído ¿verdad? Ha oído el reloj y en cambio no ha podido oír latir mi corazón.
- Si, lo cierto es que he escuchado perfectamente el reloj y no su corazón. Tiene razón, habrá que extraerle ese reloj. Lo que va a tener que hacer es, primero de todo, visitar al siquiatra. Es imprescindible una buena preparación previa para que más adelante... pueda yo extraerle ese reloj.
- No, doctor, no hay tiempo para preparaciones, tiene que ser hoy mismo. He esperado demasiado porque tenía dudas, pero el plazo vence esta noche, y si ahora no me extrae el reloj nada podrá hacerse, y los gigantescos monstruos despertarán e invadirán este planeta, destruyendo toda la vida que encuentren a su paso.
El doctor, sin apenas escuchar las protestas del hombre, garrapateó una dirección -la del siquiatra amigo- en una pequeña hoja de papel y, sin más preámbulos, introdujo la nota en uno de los bolsillos de la chaqueta de su paciente. El hombre seguía protestando, pero el doctor, empujándole suavemente, le acompañó hasta la salida, cerrando inmediatamente la puerta. Se quedó tras ella durante unos momentos, escuchando, pues el hombre, ahora, gritaba: ¡moriremos todos, doctor! ¡moriremos sin remedio si no me opera y no desconectamos el reloj!. El cirujano se quedó pensativo durante un corto instante, desconcertado. Finalmente, y moviendo la cabeza con disgusto por la insistencia de aquel loco, tan loco y tan persuasivo que hasta había logrado influenciarle de tal modo, que no pudo escuchar los latidos de su corazón, pero sí el tic-tac de un reloj, decidió dirigirse a su despacho y no seguir escuchándole. Sin preocuparse más por lo que pensó que no era más que un simple, aunque también un disparatado y desagradable incidente, se dispuso a recibir a su próximo paciente.-

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