jueves, 4 de febrero de 2010

CUANDO EL DIA TERMINE

"Cuando el día termine, terminará tu vida". Estas eran las palabras que resonaban en mi mente al despertarme por la mañana. Sin analizarlas, las fui pronunciando y repitiendo mecánicamente como si recitase; algo me impelía a ello. De pronto, comprendí su significado; durante unos breves instantes, algo parecido a unos recuerdos inconcretos acudieron a mi y creí comprender que eran parte de lo que había soñado esa noche.
Mis esfuerzos por recordar el sueño fueron vanos, únicamente acudía a mis labios, una y otra vez, la misma frase: "Cuando el día termine..." En esta ocasión, ya despierto y harto de la jugarreta que mi mente me hacía, intenté burlarme yo de ella y completé la frase de otro modo: "... tú también habrás terminado". Me di cuenta de que a pesar de mis esfuerzos por cambiar la letanía, el significado seguía siendo el mismo.
Comencé a preocuparme aunque no fuera más que por la manía que, desde que me levanté, tenía yo por repetir y repetir lo mismo. Seguí repitiéndola durante mi viaje en autobús a la fabrica, y cuando saludé al capataz, en lugar de desearle buenos días, y sin poderlo remediar, le espeté: Cuando el día termine, terminará tu vida. Naturalmente, yo no deseaba decirle eso al capataz, pero es lo que de mi boca salió.
El capataz me miró, enmudecido, cortado en su garganta el saludo de bienvenida y cortada también la sonrisa en sus labios que, como siempre, desde hacía años, me dirigía todas las mañanas al entrar yo en su oficina para recibir órdenes. En algún otro momento el capataz hubiera podido tomárselo a broma, pero mi expresión y mi talante, al parecer feroz, le dejó sin habla. En cuanto pudo me preguntó que porqué le amenazaba de ese modo, que él siempre había procurado complacerme en todo y proporcionarme las tareas más agradables y fáciles. No supe qué contestarle, yo mismo estaba tan sorprendido que no acertaba a darle ninguna explicación; me quedé quieto, mirándole, y allí, de pie ante su gran corpachón, bajé la vista sin saber qué decirle. Cuando levanté mi mirada de nuevo, ya estaba dispuesto a aclararle todo, le contaría el sueño... o más bien la pesadilla que había tenido aquella noche; le hablaría de lo poco que recordaba y le explicaría que no podía dejar de pronunciar la frase con la que le había saludado al entrar, que era una manía que me había entrado de repente aquella misma mañana. Sin embargo, cuando le miré a los ojos, de mi boca salió otra vez, sin poder ofrecer explicación alguna y sin poder aclararle nada: ¡Cuando el día termine, terminará tu vida!
Vi el pánico reflejarse en la cara del capataz, quién de un rápido salto salió del despacho y corrió hacia la oficina de Don Emilio, que era el director y propietario de la fábrica. Yo también salí corriendo tras el capataz intentando darle alcance, queriendo detenerle para ofrecerle explicaciones, para que no entrase en la oficina y contase al director lo que había ocurrido. En el momento en el que creía haber alcanzado al capataz, salió de la oficina Don Emilio. El capataz, para evitar tropezar con él, se paró de golpe y yo no pude parar mi impulso, golpeando mi pecho contra la espalda de mi jefe inmediato, que a su vez cayó encima de Don Emilio. Los dos rodaron por los suelos, y yo, solícito, ayudé a levantarse al director, pero mientras le cogía por uno de sus brazos, de mi boca salió la frase maldita; la pronuncié en un tono de voz muy bajo, tratando inútilmente de retener esas palabras que ya sabía que, irremediablemente y sin desearlo, diría.
Agachado sobre Don Emilio, con mi boca muy pegada a su oído, con voz profunda y tremendamente lúgubre, y bien a mi pesar, le dije: “Cuando el día termine, terminará tu vida” Don Emilio me miró, aterrado e incrédulo, luego miró al capataz y...
-¡Bien, bien! es suficiente. Con decir la frase una vez, bastaba. Lo cierto es que me ha dejado tan embobado con su historia que...
El que hablaba era el director del casting. Martín se hinchó como un pavo real, sintiendo la necesidad de sincerarse, de explicarle el porqué de su actuación:
-Verá, es que la frase me la había estudiado muy bien pero dudaba de si el tono sería el adecuado, si sería el que ustedes deseaban ¿sabe? y como no tenía más que una oportunidad, se me ocurrió idear esta pequeña historia para poder repetir la misma frase varias veces y con distintos tonos de voz. Espero que les haya gustado como lo he hecho... ¿Les ha gustado?.
-Pues... creo que sí, lo cierto es que lo ha hecho muy bien y con imaginación, le dijo el Director, observándole con atención. Mire, dijo finalmente, quizá pueda ofrecerle algo más que esa pequeña frase. Pásese mañana por los estudios y le diré lo que haya pensado.
Martín se fue a su casa contento y satisfecho. Parecía que el casting le había resultado favorable. Su pequeña pero estudiada estratagema le había dado el resultado que esperaba. Era posible que al fin consiguiese, no sólo la frase, sino quizá algún papel de mayor importancia. Ese era el empeño que tenía ahora, conseguir un buen papel en el reparto de esa película de la que no tenía ni idea de qué trataba el guión, aunque por la frase que le dijeron que debía pronunciar, quizá fuese de terror. La verdad es que no le importaba; lo único que quería era un papel, fuera bueno o malo.
Martín, cuando emprendía algo lo hacía con ganas; siempre ponía ilusión en la mayoría de sus proyectos y en los planes que emprendía, pero al final siempre acaba ocurriéndole de todo menos lo que él deseaba que ocurriese. Y es que, Martín, encontraba la vida siempre sorprendente. Quizá sea por mi culpa, se decía a menudo, quizá me ocurren siempre cosas inesperadas por ser un bobo y no saber salir a tiempo de cualquier berenjenal o atolladero en los que la vida acaba por meterte, lo quieras o no.
Caminaba Martín, despacio y pensativo, feliz por haber sido él quién enfocase la acción en esta ocasión y no al revés como normalmente solía ocurrir, claro que, se daba perfecta cuenta, y se lo repetía una y mil veces, era bastante ingenuo. Mientras caminaba y pensaba se preguntó si a toda la gente le pasarían cosas tan raras y absurdas como le solían ocurrir a él. Acabó decidiendo que él era una persona normal y que los absurdos eran los demás, que él solo era un simple espectador de la vida.
Un mendigo le alargó una mano pidiendo algo de limosna por el amor de Dios. Esa forma de pedir limosna le llamó la atención, ya no era usual. Los mendigos, ahora, pedían para alimentar a sus hijos, o eran extranjeros y pedían para poder regresar a su Patria... Se paró, observándole, y el mendigo le animó para que le socorriera: Sea usted bueno y generoso, señor, lo necesito para un vaso de vino. ¡Cómo, le dijo Martín, así que pide por el amor de Dios para poder tomarse un vaso de vino? Si, señor, le respondió el mendigo, es que para el bocadillo ya he sacado bastante y solamente me falta para la bebida. A Martín le hizo gracia la simpática y aparente sinceridad de aquel hombre y le dio unas monedas. Le sonaba eso del vaso de vino, pero la verdad es que no se lo esperaba y le hizo gracia.
Apenas se había alejado unos pasos del mendigo cuando tres tipos le cortaron el paso. Martín intentó evitarles, rodearles, pero uno de ellos le puso una mano en el pecho. Martín se quedó quieto. El tipo de la mano en su pecho parecía estar cómodo de ese modo. Bueno, pensó Martín, a ver si se cansa, al fin y al cabo, la mano es suya... Pero el tipo no se cansaba y Martín comenzó a estar incómodo. El tipo le dijo en ese momento: ¡vaya, así que repartiendo nuestro dinero a cualquiera que te lo pida! ¡A ver cuánto llevas aquí! Y la mano que hasta entonces el tipo mantenía apoyada en el pecho de Martín, se movió palpando su chaqueta. Vaya billetero que tienes, tío! dijo. Vamos, dámelo, añadió. Martín se quedó pensativo durante unos instantes y luego dijo: no es un billetero, es un paquete que... ¡Ah! exclamó el rufián, cortando las palabras de Martín (Martín se dio cuenta en seguida, tan pronto como ese tipo le habló de lo del billetero, de que el fulano que tenía enfrente era un rufián) Pues mira, este paquetito, seguía diciendo el rufián, va a ser para nosotros ¿verdad, amigos? Lo de amigos iba dirigido a los otros que le acompañaban y que asintieron riendo.
¡Ah, no, no me lo puedes quitar! le dijo Martín, protestando. ¡Este paquete es mío! Pero el tipo, sin escucharle, introdujo su mano en el bolsillo interior de la chaqueta de Martín. Cuando sacó la mano, lo hizo mostrando en ella el paquete. Martín no pudo por menos de observar que esos dedos que sujetaban el paquete estaban teñidos de nicotina. Trató de decírselo, de advertirle por si él no se había dado cuenta, pero el tipo, enseñando triunfalmente a sus amigos lo que su mano había conseguido ya no le miraba, ni le escuchaba siquiera. Los tres empezaron a correr, alejándose y dejando a Martín con la palabra en la boca. Martín pensó: bueno, esa era mi cena... espero que les guste la mortadela.
Cuando estaba llegando al portal del edificio donde vivía, vio que salía humo de una de las ventanas del primer piso. El humo iba en aumento por segundos y era negro y espeso. Dudó unos instantes, pero reaccionando rápidamente se puso a dar grandes gritos, ¡fuego, fuego!.
Ante sus gritos de alarma varios vecinos se asomaron a las ventanas. Los vecinos, al ver el humo y verle a él gritando ¡fuego!, se echaron a reír dejando a Martín estupefacto y confuso. En seguida, y por la ventana de donde salía aquel humo, apareció un viejo con una enorme cachimba en la mano. ¡Martín, cállese! le gritó el viejo, con un tono de voz fuerte pero grave y profunda, va a conseguir que me envíen de nuevo a la reserva india; ¿cómo se le ocurre gritar fuego, simplemente porque yo fume una pipa? Martín quiso responder, decirle que aquel humo... pero el viejo no le dejó hablar y continuó diciéndole ¿acaso ha visto usted el fuego? mire, Martín, lo que tiene que hacer es coger una brocha y pintar el portal que está que da asco, así se entretendría en cosas útiles y no en molestar a viejos como yo, que no hacen ningún daño a nadie por fumar su pipa.
Martín conocía al viejo desde hacía años y desde luego siempre había creído que era un viejo gitano que vivía solo y sin familia, nunca se le hubiera ocurrido pensar que fuese indio y mucho menos que pudiesen enviarlo a una reserva.
Fijándose bien, quizá si fuese indio, pues sus rasgos... pero lo que no se tragaba era eso de que podrían enviarlo a la reserva. ¿a qué reserva? ¿pensaría el indio ése que él era tonto? Oiga, abuelo, empezó a decir, pero el viejo le echó desde la ventana un cubo vacío y una brocha, y si Martín no se aparta a tiempo, le encasqueta el cubo por sombrero. ¡Hala, ya puede empezar, y la pintura la compra usted! le dijo el viejo con muy mal humor. Y cerró la ventana. Martín se sintió sorprendido, pero también se enorgulleció al darse cuenta de que el indio confiaba en su destreza para pintar el portal, y que para demostrárselo le había entregado la brocha y también aquel cubo que casi le mata si no llega a apartarse.
Cuando iba a entrar en el portal, se fijó en que en la acera de enfrente se encontraba una niñita llorando desconsoladamente; vio que la niña estaba sola, y su buen corazón le hizo cruzar la calle para preguntar a la niña qué era lo que le ocurría.
-Hola, pequeña. ¿Por qué lloras así, qué te ocurre?
-Es que mi papá se ha subido al balcón y se ha caído, contestó la niña entre sollozos mientras señalaba uno de los balcones, al parecer bastante alto.
-¡Por Dios! ¿Dónde está ahora tu papá? ¿está en el hospital?
-¡Oh, no! Mi papá está en casa.
-¿Pero se encuentra bien? ¿No está herido al haberse caído a la calle desde esa altura?
-Mi papá está bien, señor. Él no se cayó a la calle, se había subido en una banqueta para colgar en el balcón la jaula del pajarito, y cuando bajaba tropezó conmigo, pero no se hizo daño.
-Pues hija, ¿por qué lloras?
-Porque mi papá se enfadó al tropezar, me dijo que siempre estoy en medio y que un día podía llegar a hacerse daño por mi culpa. Y cómo se ha enfadado, pues me ha tirado a mi a la calle desde el balcón.
-¿Que te ha tirado a ti, dices? ¿Es posible? ¿Te ha tirado desde el balcón?
Martín estaba atónito por lo que la niña le contaba. Dime, continuó diciendo Martín, ¿te encuentras mal? ¿dónde te duele?
-No me duele nada, señor, siempre caigo en ese toldo rojo que hay ahí, debajo de mi balcón ¿lo ve?. Ya estoy acostumbrada.
Martín no terminaba de entender lo que estaba oyendo y así se lo dijo a la niña.
-¿Dices que siempre caes en ese toldo rojo? ¿es que te ha tirado tu padre por el balcón otras veces? Entonces, lloras por eso, ¿verdad?
-No, no, señor. Lloro porque tenía un chupachups y al caer lo he perdido. Hoy solamente lo había chupado una vez, y cuando mi padre vea que no lo tengo, me dará unos cuantos azotes.
-Hija mía, no entiendo nada ¿Dices que tu padre te pegará por haber perdido un caramelo?
-Si, señor, eso es lo que digo. Mi padre dice que hay que saber conservar las cosas. El chupachups debía durarme todo el mes. Cada día le doy tres chupaditas y lo guardo. Y ahora ¡lo he perdido! ¡buaaaaá¡
-¿Cómo te llamas, hija?
-Rosaurita.
-Bueno, Rosaura, vamos a subir a hablar con tu papá y...
-No, Rosaura, no. Me llamo Rosaurita y usted no puede subir a hablar con mi papá.
-¿Por qué no puedo subir, Rosaurita?
-Pues subir sí puede, pero mi papá le tirará al toldo. Los vecinos ya se lo han dicho muchas veces. Le dicen: Ernesto, que un día vamos a tener una desgracia... Pero mi papá es... mi papá, y no hace caso a nadie.
-¡Glub! Bueno, Rosaurita, pues... lo siento. Por lo del chupachup, quiero decir. Mira, te voy a dar dinero para que puedas comprar otro.
-¡Ah, no, señor! No admitiré dinero de extraños. Si mi papá se enterara...
-Si, Rosaurita, ya lo sé, ya lo sé, ¡hale, al toldo! Bueno, pues nada, hija. Como no puedo hacer nada por ti, adiós, ¡y que sigas teniendo suerte al caer!
-No se preocupe, señor, soy toda una artista. Ahora ya hago el triple salto mortal antes de llegar al toldo, y mi padre dice que...
Martín no quiso seguir oyendo lo que la niña decía, él ya se había despedido y se alejó. Lo hizo sumido en confusos pensamientos acerca de lo raros que son algunos seres humanos, y sobre las cosas tan extrañas que siempre estaban ocurriendo en todas partes.
Martín se levantó por la mañana algo cansado. Cuando el día anterior llegó por fin a su casa, se había derrumbado sobre la cama y se durmió al instante. Durante la noche había tenido un sueño agitado por los acontecimientos del día y eso no le había dejado descansar, Martín siempre soñaba mucho. Recordó la cita con los estudios y se animó. Se vistió con su mejor traje dispuesto a acudir al encuentro con la fama. Martín estaba convencido de que llegaría a ser muy famoso y quizás ese momento había llegado ya.
Absorto en sus pensamientos, ilusionado por el triunfo que había obtenido el día anterior en los estudios de televisión, no reparó en el cubo ni en la brocha que por la noche había dejado en el recibidor, casi a la entrada del pasillo, y al dirigirse con prisas a la puerta de salida de su apartamento pisó la brocha, resbaló y tropezó con el cubo. Al tratar de sujetarse a algo para no caerse, sus manos se cogieron a una percha sujeta hasta ese momento a la pared. Los tornillos que sujetaban la percha no fueron suficientes para resistir el peso del cuerpo de Martín, y éste, junto con la percha, cayó estrepitosamente al suelo. Tuvo tan mala fortuna que la percha cayó debajo de él y él encima de la percha. Su frente fue la que impactó sobre el colgador, exactamente sobre dos de los tres pomos que tenía para colgar la ropa. Quedó ligeramente aturdido por el porrazo que se había dado, pero animosamente se levantó y se dirigió al baño para recomponer su figura.
Se miró en el espejo, y aparte de tener la frente algo colorada, no advirtió que le hubiese ocurrido nada grave. Se refrescó el rostro con agua, se arregló el nudo de la corbata y se peinó los desordenados cabellos. Entonces, observó con sorpresa y pavor cómo iban creciendo en su frente dos grandes y hermosos chichones, uno a cada lado. Los chichones crecían y crecían sin parar. Cuando por fin dejaron de crecer, Martín vio en su frente lo que parecían unos sobresalientes y bonitos cuernos colorados. Se sentó, casi dejándose caer, en la banqueta de baño. ¿Que haría ahora? ¿Cómo podría presentarse con ese aspecto en los estudios? Pero pensó que si no se presentaba perdería lo que le costó tanto esfuerzo conseguir; debía presentarse a pesar de todo.
Ya en los estudios, Martín, avergonzado, se dirigió al director. El director, al verle, le observó con sorpresa, o eso le pareció a Martín.
-Buenos días, amigo mío. Me deja usted sorprendido -le dijo el director- Martín pensó que, lastimosamente, había acertado. No era para menos, presentarse con esos dos enormes chichones en la frente... Y entonces, se sintió inmensamente ridículo, pero el director seguía hablándole y trató de apartar sus pensamientos para escuchar lo que le estaban diciendo.
-No para de sorprenderme, Martín, porque se llama usted Martín, ¿verdad? Precisamente, después de su actuación de ayer, que fue francamente magnífica, había pensado que el papel de protagonista era ideal para usted. Y ahora, se presenta con esos cuernos en su frente... ¿cómo ha logrado que parezcan tan reales? ¿y cómo sabía que el protagonista es el propio Diablo que aparece en la Tierra cada mil años, y que a pesar de la apariencia humana que consigue no logra, cuando se enfada, ocultar sus cuernos?
Y, el director, cogiendo amigablemente a Martín por un hombro, continuó diciéndole: Sin duda que usted es el mejor para este papel. Acompáñeme a mi despacho, y si está de acuerdo firmaremos el contrato que posiblemente le hará millonario y famoso. Por cierto, deberá darme el nombre de su maquillador. Le ha maquillado de un modo impecable. Y ¿sabe? -aún se oyó decir al director, mientras caminaban en dirección al despacho, poniendo éste una voz cómicamente lúgubre y remedando la voz del propio Martín del día anterior: ¡CUANDO EL DÍA TERMINE, TERMINARÁ TU VIDA!
Y el director termino diciendo, mientras soltaba grandes carcajadas: me refiero a la vida que ahora lleva, por supuesto... ja, ja, ja. ¡Triunfará usted, amigo mío, no lo dude!.-

No hay comentarios: