jueves, 4 de febrero de 2010

HASTA LUEGO, MAMÁ

Hasta luego, mamá, dije tan pronto como vi que mi madre, apenas terminado de comer, había aferrado su bastón con una mano. Lo mantenía oculto entre su silla y la mesa, pero desde mi posición yo podía ver cómo lo sujetaba. Me había fijado en su expresión inquieta, deseando despedirse pero sin atreverse a hacerlo. Conociéndola, fue entonces cuando sonreí, y con tono ligeramente irónico, le dije: “hasta luego, mamá”.
Los invitados no habían visto que mi madre se levantase ni que tampoco expresase su deseo de irse, y por ese motivo, probablemente, no entendieron a qué venía esa despedida enunciada por mi. Sin duda debieron oírla con extrañeza, pero mi madre me miró y se echó a reír, sabiendo que yo la conocía muy bien. Mis palabras facilitaron su despedida ante nuestros invitados. Mi madre se levantó, y sin mirar a nadie, dirigiéndose a todos y a nadie en particular, dijo simplemente: estoy ya muy vieja, necesito descansar.
Apoyándose en su bastón, y sin volver la vista atrás, mi madre se dirigió, con lentitud y elegancia, hacia su habitación.
Hubo un pequeño silencio entre los invitados a la mesa. A continuación, la charla se animó y nadie pensó más en lo que, por supuesto, no había sido un incidente, sino algo muy natural.

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