jueves, 4 de febrero de 2010

TIEMPO-ESPACIO-FUTURO

Los asteroides se encontraban muy cerca de la Tierra. El peligro de los asteroides siempre había existido. Se sabía que el impacto de uno solo de ellos, de gran tamaño, podía causar la destrucción total de la vida en el planeta, como en realidad ya había ocurrido en el pasado. Que un asteroide chocase contra la Tierra era una posibilidad remota, según los matemáticos, y esa posibilidad podría producirse, aproximadamente, cada 100.000 años, decían. Sin embargo, esos cálculos de posibilidades eran una simple especulación. Supieron con certeza que eran especulaciones cuando los astrónomos divisaron un grupo de rocas avanzando por el espacio, en dirección al planeta azul. Aparecieron de improviso. El grupo de asteroides era tan numeroso y de un tamaño tan colosal, que los astrónomos supieron que si no se lograba parar su avance habría llegado el fin de la civilización, y, posiblemente, el del planeta entero.

El hombre es débil ante las fuerzas desatadas de la naturaleza, pero ante lo que el espacio puede enviarle, está totalmente indefenso. Si el hombre destruye su entorno y destruye sus recursos se destruye a sí mismo, pero el planeta seguirá vivo, enfermo pero vivo, y se regenerará más tarde o más temprano. Grandes civilizaciones han surgido en el planeta y sobrevivieron durante cientos o, hasta es posible que miles de años, pero finalmente se extinguieron o fueron aniquiladas, y luego surgieron otras nuevas, nunca se sabrá por muchos estudios que se hagan o por muchas teorías que puedan ser creadas, pero si el planeta se destruye y desaparece no habrá posibilidad de que el hombre resurja, ni con nuevas formas ni bajo nuevos aspectos: el fin total habrá llegado y la Tierra no será ni siquiera historia, no será nada, no existirá nada.

Varias escuadrillas de naves, equipadas con mísiles destructores de alta potencia, salieron al espacio dispuestas a defender el planeta y a lanzar sus armas contra los asteroides. Era un desesperado intento de frenar, o desviar, la trayectoria del montón de amenazadoras rocas que, una vez avistadas, se sabía con certeza que impactarían en la Tierra, y que la destruirían, si no se lograba parar su avance. Era determinante poder evitarlo, era la supervivencia o la desaparición y no sólo de las especies. Sería la desaparición total del planeta.

Davis fue el último en despegar. Había tenido un pequeño problema de ignición en el momento del despegue de la escuadrilla y había salido retrasado. Ya en el espacio exterior, desde su cabina, vio cómo sus compañeros, uno tras otro, fueron lanzando las cargas destructivas. Algunos asteroides estallaron, otros fueron desviados y muchos se fragmentaron, pero los fragmentos, todavía enormes y numerosos, continuaron su rumbo hacia la Tierra. Era imposible detener su avance y Davis supo que era el fin. Lo sabían también sus compañeros de escuadrilla, y los pilotos, en un desesperado intento final, y de común acuerdo, dirigieron sus naves suicidamente contra las rocas más grandes, en una improbable esperanza de poder desviar su fatal trayecto.

Davis contempló la dantesca escena desde lejos: los mísiles impactando contra los asteroides; explosiones y llamas llenando el espacio, cientos de gigantescos trozos de roca estallando y saliendo despedidos en todas direcciones, girando sobre sí mismos y chocando y rebotando entre ellos, convirtiéndose en pedazos y más pedazos, pero todavía gigantescos y llenos de peligro, avanzando sin misericordia hacia la Tierra. Vio las naves, como diminutas pulgas, danzando entre las rocas y, finalmente, el sacrificio de los pilotos. Eran innumerables los fragmentos de asteroides que volaban en el espacio y dudó contra qué objetivo lanzar sus mísiles. Sentía su impotencia, y en ese momento de duda, un trozo de roca desgajada se proyectó contra su nave. Apenas fue rozada pero algo extraño sucedió entonces. Un halo de luz cegadora le envolvió y su nave pareció convertirse en una gran magneto brillante, impregnada por una energía extraña que se creó en el momento del impacto, y , entonces,en la fracción de una milésima de segundo, la nave desapareció. En realidad, la nave no fue incinerada ni destruida, sino que salió despedida fuera del espacio conocido, al tiempo que Davis sentía que perdía el control de los mandos y sus sentidos.

Davis quedó en estado de shock mientras la nave, envuelta en un halo luminoso, viajaba hacia un desconocido infinito. Inmóvil en su asiento, paralizado sin saber el motivo, observó cómo el contador de distancias de la nave parecía haberse vuelto loco. Los números saltaban, llegaban hasta el final de su recorrido y comenzaban de nuevo desde cero. Recordando su misión, miró al exterior y no vio rastro de asteroides. Le pareció estar viajando a una velocidad infernal por un oscuro túnel. La fuerza de la gravedad le mantenía pegado a su asiento, mientras veía transcurrir a ambos lados de la nave unas desconocidas y borrosas constelaciones de estrellas que, vertiginosamente y en pocos segundos, iban quedando atrás. Hizo mentalmente un simple cálculo. Pensó que si el contador marcase la realidad estaría recorriendo el espacio a una velocidad mayor que la de la luz, una velocidad que equivaldría a recorrer en pocos minutos tantos años, que le resultó imposible poder calcularlos. Decidió que era absurdo lo que veía y lo que pensaba, y cerró los ojos, haciendo esfuerzos por recobrar la cordura y también sus movimientos. Davis entró en un sopor profundo, y cuando despertó se encontró en el espacio conocido. No había rastro alguno de asteroides, ni de trozos de roca. No comprendía lo que había ocurrido. Miró su reloj. Había transcurrido una hora desde que salió de la base. Miró la fecha y la hora, de nuevo, y se dijo que parecía un sueño lo que había vivido en tan solo una hora. Y cuando comprobó el ordenador, no pudo creer lo que este indicaba. Su nave había realizado en el espacio una gran elipsis saliendo de la galaxia, y había recorrido millones de kilómetros para finalmente regresar al punto de origen. Y todo ello en una hora.

Entró en la atmósfera del planeta y fue cuando se dio cuenta de que todo había cambiado. Todo era distinto, diferente. El ordenador le indicaba que se encontraba en la Tierra, pero los continentes no estaban donde deberían estar. Grandes selvas invadían todo. No sabia qué hacer ni adónde dirigirse. De pronto, se fijó en la fecha que indicaba la pantalla. ¡Dios! ¡no podía ser! -se dijo mascullando- ¡el ordenador indicaba que habían transcurrido cien mil años! Anonadado, cuando encontró al fin un gran claro entre la selva, aterrizó y salió de su nave tambaleándose por el gran desconcierto que le invadía. Al poner pie en el suelo, y con los motores de la nave apagados, advirtió que un gran silencio imperaba por doquier y se sintió aterrorizado.

Davis nunca supo con exactitud lo que le ocurrió a partir de ese momento pues no llegó a enterarse del todo. Fue una pena que el único superviviente de una gran civilización acabase del modo en que acabó. Cuando una gran red que cayó de los árboles le cubrió, y una horda de seres salvajes le atrapó, Davis, piloto del espacio, perdió el conocimiento. Cuando lo recobró, lo estaban cociendo vivo para comérselo después. ¡En su propio planeta! pensó Davis, perdiendo de nuevo, y al instante, el conocimiento, para terminar muriendo sin llegar a recobrarlo jamás... o eso es lo que pareció que sucedía.

Tenía razón Davis en haberse sorprendido porque, morir en su planeta cocinado por unas hordas salvajes y hambrientas no era algo normal para él. Claro que... eso ocurrió cien mil años más tarde de lo ocurrido con los asteroides. Sin duda que la Tierra no llegó a ser destruida gracias a la valentía de los pilotos, pero sí fue el fin de la civilización que existía en aquel tiempo.

Davis, debido al dolor, y aunque parecía muerto, aún logró abrir los ojos durante unos instantes, pero sin comprender lo que le estaba ocurriendo. El sufrimiento que sentía era tan intenso que cerró de nuevo sus ojos, pensando que todo era un mal sueño y expiró, y esta vez, definitivamente. Nadie pudo verlo, pero el alma de Davis salió de su cuerpo en ese mismo momento y ascendió.


¡Estas reuniones de amigos son siempre estupendas! -decía un tipo barbudo, de pie al lado de una hoguera, muy contento y rodeado de amigos- Si, respondieron a coro las voces de los presentes. Y el barbudo continuó: ya sabemos ahora lo ocurrido en el mundo de Davis, el recién llegado, o al menos conocemos una parte, porque lo cierto es que, a pesar de todo, seguimos ignorando muchas de las cosas que suceden, como también ignoramos el motivo de que ocurran, al igual que lo ignora el mismo Davis, ya que cuando murió no supo lo que le ocurría y por lo tanto es incapaz de relatarnos todos los detalles.
Davis, uno más entre los asistentes, y sentado ante la hoguera, asintió convencido ante las palabras del barbudo, que siguió diciendo:
Por ejemplo, a Davis le esperábamos hace tiempo, y resulta que cuando aparece han transcurrido cien mil años. Esto es un verdadero misterio, amigos, pero no importa porque a nosotros no nos afecta el tiempo. Y como ahora me toca el turno de hablar, os contaré lo que ocurrió en mi mundo, o al menos, lo que yo viví en él. Pero antes, ¡brindemos, amigos! Es estupendo haber trascendido. ¿No creéis que si la gente de todos los mundos supiera que realmente existe esta vida, después de la vida terrenal, se comportaría de otra manera? ¡Si! -volvieron a responder todos al unísono, brindando y sintiéndose muy satisfechos de su estado actual.-

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