sábado, 6 de septiembre de 2008

Feliz Navidad

FELIZ NAVIDAD, JERRY ©

Jerry se encontraba apurado intentando terminar el trabajo que aquel día se había fijado, cuando oyó el ruido que hacía la puerta de entrada del taller al ser empujada y abierta por alguien. Eran más de las ocho y media de la noche y ya debería estar en casa; pensó que si no dejaban de llegar clientes, o no podría finalizar la faena, o no conseguiría reunirse con su familia a una hora decente para celebrar la Nochebuena. Esa noche era especial y toda la familia, reunida, ya le estaría esperando para cenar.
- ¡Hola, Jerry! ¿cómo es que estás todavía trabajando a estas horas?, oyó que le decía alguien. Jerry, muy despacio y resignado, se incorporó, dejó sobre el banco de trabajo la llave fija y manchada de grasa con la que había estado apretando la culata del motor que intentaba terminar de reparar y dirigió su mirada hacia la puerta de entrada del taller. Allí estaban sus amigos, y al parecer muy contentos.
- Ya veis, contestó, la obligación es lo primero.
- Si, Jerry, pero hoy es Nochebuena.
- Ya lo sé, pero...
- Bueno, no te preocupes, no te queremos molestar. Sólo hemos entrado un momento para brindar contigo, eres nuestro amigo y queremos transmitirte nuestros buenos deseos para estos días.
Jerry les miró, extrañado de que sus amigos se hubiesen acordado de él y más para tener un detalle como ése. Hacía tiempo que ya no salía con ellos. Desde que instaló el taller no le apetecía otra cosa que no fuera trabajar sin descanso; la maquinaria todavía la estaba pagando y, si quería salir adelante, tenía que aprovechar la buena disposición de sus clientes y emplear todas las horas posibles para reparar los automóviles que le llevaban. Por otro lado, ya no le agradaban esas amistades. Sus tres amigos, con los que en tiempos anteriores lo había pasado muy bien, habían ido degenerando en costumbres y se habían convertido en unos verdaderos gamberros. La amistad que les profesó se había diluido, pero no podía rechazar ahora la buena predisposición que le estaban mostrando.
Está bien, dijo, os agradezco el detalle.
- Así nos gusta, toma, dijo el que llevaba la botella, entregándole un vaso.
Todos brindaron y bebieron. Nada más terminar de beber, Jerry pensó que aquella bebida debía contener algo raro, puesto que se notó mareado y que perdía el mundo de vista. La cabeza le daba vueltas, y moviendo trabajosamente su lengua, preguntó: ¿habéis puesto algo en la bebida?
- Algo para que nos recuerdes, Jerry, contestó uno de sus amigos.
Jerry apenas se tenía en pie, pero entre todos le ayudaron a acomodarse en una silla.
- Te vamos a atar, Jerry, oyó que le decían.
- ¿Por qué? ¿qué os he hecho para que me tratéis así?
- Pues ignorarnos, eso es lo que has hecho. Y como queremos que sepas lo mucho que eso nos duele, hemos pensado en algo que te va a gustar y que estamos seguros, como te hemos dicho, que hará que nos recuerdes con afecto. Será a las nueve en punto; nos pareció una buena hora. Y al decir esto, todos rieron a grandes carcajadas.
Jerry se desesperó porque conocía las barbaridades que sus antiguos amigos eran capaces de hacer, pero no pudo oponer resistencia cuando le ataron a la silla. Entre brumas, vio cómo preparaban un paquete que luego colocaron en otra silla, enfrente de la que él ocupaba.
Bueno, amigo, espero que te guste, dijo Tom, uno de los que hasta entonces se había mantenido algo alejado y sin apenas hablar. Tom era el peor del grupo, pensó Jerry. Nunca le había caído demasiado bien, y por lo visto, él tampoco le había caído nunca bien a Tom.
Tom terminó de manipular el paquete que habían depositado en la otra silla, y dijo: bueno, ya está, vámonos. Y sin despedirse, todos los amigos salieron rápidamente, cerrando la puerta de un golpe.
En el silencio del taller, Jerry pudo oír el sonido de un reloj y vio, entre mareos, que lo que habían colocado en la otra silla era un gran reloj despertador. Encima del reloj, y unido con varios cables, observó lo que le pareció una carga explosiva. Se desesperó y con gran empeño intentó liberarse. Advirtió que las ligaduras no estaban muy apretadas y tuvo esperanzas de poder desatarse antes de que el artefacto estallase. Miró hacia el reloj: faltaban dos minutos escasos para que las manecillas llegaran a marcar las nueve en punto.
Jerry se dio cuenta de que tenía poco tiempo para liberarse de las cuerdas que le mantenían sujeto a la silla y, ya más despejado, intensificó sus esfuerzos con desesperación. Casi lo había logrado cuando al marcar el reloj las nueve en punto la carga de pólvora estalló. Jerry cerró los ojos, sintiendo en su cerebro y en sus tímpanos la fuerte explosión.
Y mientras tanto, lejos del taller, los amigos de Jerry no paraban de reírse.
- Tom... --dijo uno de ellos, dirigiéndose al que parecía reír más que ninguno y también estar disfrutando más -- ¿no crees que nos hemos pasado?.
-¡Oh, no! --contestó Tom— El dispositivo no es demasiado potente, no le producirá daño alguno cuando estalle. Pero tengo la seguridad de que Jerry se acordará de nosotros durante mucho tiempo. Y, sin parar de reír, añadió: ¡cuánto me gustaría estar allí, cuando eso ocurra, y poder ver cómo ascienden hasta el techo decenas de globos que invadirán el taller y que, al bajar, lo harán flotando por el aire, muy despacio, y con los letreritos de: ¡Feliz Navidad, Jerry!
Rafael Muñoz

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